
Sí, fue algo después del tercer día, pero la estela de hedor que dejaba a su deportivo paso de cruce de caminos, lo delataba: era él; él de nuevo; sí, él abriéndose paso desde la desvergüenza.
Hay a quien se le antojó verlo más pequeño, pero pequeño, pequeño… pequeñín, aún más que de normal; menguante como su resquebrajado grupo: los empequeñecimientos llegan a un punto en que empequeñecen, por mucho que creas rutilar de los pies a la cabeza.
Es como la metáfora de aquella escena, que ahora ya no vemos a menudo en nuestras calles, de dos perros abotonados a los que, para separarlos, hay que echarles agua caliente: Pero, en este caso, ¡ni por esas!
(Y yo sigo: “One bourbon, one scotch, one beer”…).
PD: ¡Hasta cuándo tendremos que padecer su desafortunada infancia!